domingo, 23 de mayo de 2010

T5 - Roger Santiváñez - Amaranth precedido de Amastris

Amaranth precedido de Amastris / Roger Santiváñez
Prólogo de Andrés Fisher
Ediciones Amargord, Madrid, 2010
ISBN 978-84-92560-33-2

AMARANTH NYZ

1.

Viaje mar incomprendido ade
Mán de la garza salpicada por
Doquiera quiso apropiarse de

xxxxxxxxxLa rosa

En la lejana espalda de su amor
Remoto reino equiparado a un
Corazón vuelve mar con brisa
Salerosa transparenta fluído mag
Nético noble dominio callado en
El desierto sechurano expresa
Nítido fantasma no hay ninguna
Sobradera o ladrido ‘e perro-lobo
En la distancia sólo tu fragancia
Sutil salina me repone el ama
Dor callejero extraviado en lan
Das cinerarias o dormita el ere
Mita coronado su placer de

xxxxxxxxInsana flor

Leyendo una lengua poética extraña y familiar: “la calor”, “onde”, decían aquí las abuelas, y “pajarines”, que es allá palabra de padre. Así se responden las palabras, palabras rizan ondas musicales. Diminutivos y maldiciones (y la Realidad con mayúsculas). Así: dar nombre es invocar con furia y alegría, iguales, hacia delante. Y el puro ahí: leo el signo “&” (sello y clave), me niego a leer “y”, oigo más palabras que no sé decir: “Nadie toca la canción sólo yo & la memoria”. Así dice su canción un Conde Arnaldos, hermético y melancólico, desde su torre abolida.
Entonces, ¿es posible “la nieve ardida”? Sí, en una “Jerga líquida espumosa huyendo instantánea”, y también el “Vivo silencio sumido vuelo ardido”. Agua y fuego en la lengua del poeta gramático y chamán: “Todavía cardenales & petirrojos vario / Pintos acuden al llamado de la llama / inalcanzable en su calmada cumbre”.
Telegrafía del canto, sus pulsos. Y en lo hondo, los saberes: “Hay una flor melancólica cuyo nombre / ignoramos…” .
Con el diccionario a mano, cassete incluida: grabo la música del sicuri, del quien tañe un sicu para llamar a las ninfas, “calatitas”, “acholadas” (¿son posibles aún las ninfas?). En el remanso de un enclítico la clave de lo oído, la telegrafía interrupta -palabras liberadas a su vuelo- no pone esclusa en lo fluyente. En las riberas del Cooper, del Piura, del Porma mío (de ribera a ribera más ninfas coleantes), por encima y por debajo del mar, qué músicas de valsecito en roqueros, qué bailes enredados, jugosos y libres. Y la electricidad ácida de Hendrix.
(Declaración sobrevenida: Quiero a los ingrávidos poetas del Perú: Vallejo, Westphalen, Eielson, Oquendo… ).
Al leer a Roger Santiváñez, qué extraño, oigo lo más próximo y querido de mi generación, él allá, nosotros aquí. Reconozco y agradezco.
(Con ganas de cantar a dos voces: qué soledades qué gorgorín trinando piando ahí qué lezamín le responde anidando en la bárbara barbuda maleza ezra pound).
Ildefonso Rodríguez

La poesía de Roger Santiváñez se despliega entonces, en estos dos libros, en todo el esplendor de su hibridez. En la potencia (im)pura que la lleva a inquietar el lenguaje en una dirección muy elaborada y particular. Que se apresta a iniciar su diálogo con quienes en España parecen sus interlocutores naturales; aquellos poetas instalados en los discursos críticos que en vez del aquietamiento del lenguaje que ha pretendido ser canónico, comparten con Santiváñez el interés por su agitación. Bacán.
Andrés Fisher

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