La palabra de Pedro Tena es minuciosa y limpia. Ejercita una contemplación de lo pequeño en la que resuena, como voz pronunciada ante un vacío, lo inmenso. Tiene algo de haiku, algo de Viñals y Gamoneda, pero es inseparable de quien la escribe. Como si al fondo del jardín que se mira por una ventana descubriera su elusiva mirada de observador; o al contrario, como si al mirarse la cara en el reflejo del cristal, esta se le iluminase con el relámpago de lo inesperado o con el gesto, burlón o amargo, del que se encuentra en lo que no buscaba; del que se encuentra en todo precisamente porque ha dejado de buscar. En pocos poetas actuales se encuentran con tanta naturalidad profundidad y superficie.
Benito del Pliego

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